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El perro suicida
Wilson Armas Castro
Jamás pensé que podría haber perros suicidas. Pero el caso es que existen, por lo menos existió un perro del que fui dueño y que se suicidó en la casa de mi amigo Américo. Había oído decir que hay ballenas que se suicidan colectivamente por razones desconocidas por el hombre, como también ocurre con el zángano de un enjambre que, una vez que fecundó a la reina, muere después del acto; aunque esta muerte vendría a ser un suicidio decretado por la naturaleza. Jamás imaginé que un perro se suicidara. Claro, en este caso, el suicidio ocurrió por la falta de previsión perruna aunque, digamos en definitiva, se mató por estúpido.
Entre mis conocidos, Américo fue un excelente amigo, un tanto excéntrico, que me ofreció cambiar su perro por el mío. A ojosvista el canje era un despropósito: un ovejero alemán de seis meses, por el que Américo acababa de pagar una suma considerable, me proponía cambiarlo, pelo a pelo, por mi perro; un perro viejo ordinario, atigrado, grandote y zanguango, que para lo único que servía era para ladrar. De entrada me pareció que el amigo se mofaba. Pero no era así. No se podía establecer una comparación; era desproporcionada la diferencia de calidad y raza entre los dos animales.
-¿Y para qué sirve un perro si no es para ladrar?- me contestó muy serio después de escuchar mi argumentación disuasiva.
-Usted tendrá razón -le respondí-. Pero no me convence.
-Tómelo como usted quiera: yo necesito su perro. Perros ladradores como el suyo no se consiguen fácilmente.
Me dejó sin habla. La testarudez de Américo es invencible. Me acababa de decir que había hecho construir una casa de dos plantas, en un barrio que no le merecía mucha confianza. Ha poco de estar viviendo allí descubrió que merodeaban “chorros”, oportunistas, y tenía miedo de ser víctima de un robo. Él se dedicaba a la fonoaudiología y en su gabinete de estudio tenía aparatos muy valiosos: una buena biblioteca técnica, grabadores de alta fidelidad y utensilios sofisticados. Por otra parte, hacía relativamente poco tiempo que se había casado y su esposa, muy joven, pasaba muchas horas del día completamente sola. Ella no era miedosa, pero él era precavido. Llegué a la conclusión que sus razones no me convencían totalmente, pero luego de una serie de conjeturas que barajé intrigado, le pregunté:
-Dígame, Américo, en definitiva: ¿cual es la razón por la que quiere cambiar su perro si los dos son perros?
-Pero es obvio, mi amigo: el mío no ladra pero el suyo sí –me respondió con un dejo de tristeza-. El suyo ladra hasta por deporte y el mío será mudo hasta el fin de sus días.
-Bueno, usted sabe lo que hace.
-Y usted también, ¿no es así?
Miré a mi mujer que asistía al pacto, impávida, sin entender, como yo, la terminante decisión del amigo. Con una mirada por demás significativa me dio su asentimiento sin pronunciar palabra.
-Al fin y al cabo, usted sale ganando. Porque mi perro es de raza y el suyo es marca perro ¿me entiende? Su perro piojoso me sirve. Un perro debe ser guardián. ¿Y cómo es guardián?: ladrando. Aunque perro que ladra no muerde. Y yo no lo quiero para que muerda lo quiero para que me avise quién viene.
Fue tan convincente esta vez su argumento y tan rotunda la afirmación de mi amigo, que acepté restregándome las manos con satisfacción.
Mi perro, El Tigre, no tenía ni pinta ni prosapia. El dueño anterior de mi casa me lo había dejado de herencia, así, como una prenda tirada, sin valor y con desgano. Cuando Américo llegó esa noche en el coche de Fernando, un amigo de ambos y vimos al cachorro, lo comparamos como si fuera –valga la comparación ofensiva- un pobre “comparsa” del Solís contratado por chirolas para aplaudir a alguien de estima universal -Marcel Marceau o Barrault-; o una pobre prostituta de La Unión, con alguna copetuda de cabaret fino. En fin, no encontraba la figura retórica más adecuada para pintar las diferencias abismales que existían entre ese ovejero alemán, pelo largo de color champán, peinadito, acicalado como niño bien, que dejaba la impresión que lo traían de una peluquería de damas. Compararlo con el mío, un esperpento en cuerpo presente, no sólo daba risa sino más bien rabia.
Impertérrito, sin movérsele un pelo de arrepentimiento, Américo poco menos grita: “Eureka, lo hallé.”
Inmediatamente, al juntarse los canes comenzaron los escarceos: debían conocerse perrunamente y diríase que tanto el ovejero alemán como mi descastado Tigre, intuyeron sus respectivos destinos. Se olieron debajo de la cola, dieron varias vueltas de reconocimiento mutuo y se miraron sin mirarse: en tácito acuerdo, salieron al patio y cada uno utilizó un tronco de árbol bien fresco para levantar la pata. Un poema verlos respetarse como dos caballeros en una pedana.
Cuando quedamos solos, a mi mujer se le llenaron los ojos de lágrimas. Nuestro Tigre viajando en automóvil mientras que el cachorro alemán, apocado, irresoluto, sin saber qué hacer, nos miraba con ansias. Traté de consolar a Elena, diciéndole que al fin y al cabo la cosa no era tan tremenda como para ponerse así, que si ella sentía el vacío de ausencia, yo, por lo contrario, estaba loco de la vida: había ganado un platal con ese perro. En consecuencia, podría venderlo, llegado el caso, en unos cuantos dólares. Claro, ella me reprochó la falta de afecto, mi pragmatismo grosero que pasaba por arriba lo más sublime que existe en las relaciones humanas: el afecto, el amor. Quedábamos con un perro desconocido dentro del hogar. Y era cierto. El ovejero alemán parecía un visitante de etiqueta, un “petit metre”, o algo así, que exigía una atención especial de los nuevos dueños para mover, como un regalo, displicentemente la cola, como si nosotros tuviéramos la obligación de rendirle pleitesía por su empinada extirpe perruna. No sé, algo nos pasaba; nos sentíamos constreñidos al notar esa indiferencia ofensiva y petulante de un advenedizo. No sé si debo decir en forma pública, que mi mujer entró en un estado depresivo muy serio, preocupante; y yo me sentía avergonzado de ser el responsable de semejante situación.
Como todo pasa en la vida, a la semana, mi mujer se recuperó y le afloró nuevamente la alegría de vivir. Recuperó su jovial talante, que por otra parte yo envidiaba y, paulatinamente, la alegría se instaló de nuevo en el hogar. La fábrica metalúrgica en donde yo trabajaba, sólo distaba doscientos metros de mi casa, de modo que el descanso del mediodía me rendía, me recostaba una hora, echarme un sueñito y regresaba a la oficina fresquito como una lechuga.
Ese día, no sé por qué, entré a mi casa preocupado, sin motivo aparente y encontré a mi señora en medio de una desolación desconcertante. No tenía preparada la mesa, como de costumbre: permanecía en la cama en estado cataléptico.
-¿Qué te pasa?- le pregunté afligido.
- Nada, –me contestó muy compungida.
-No, acá algo pasa…
Silencio.
Me aliviané de ropas, traté de mantenerme calmo y me acerqué a la cama nuevamente.
-¡Decime la verdad: ¿qué te pasa? ¿Algún familiar enfermo o algo por el estilo?
Nada. Otra vez silencio.
-¡Vamos, no seas tonta, hablá de una vez!
-Estoy disgustada con Pepito –me respondió con un hilo de voz entrecortado. Habíamos bautizado al ovejero con el nombre de Pepito, un nombre que nos pareció adecuado a su abolengo y presencia pitucona.
-¡No me digas que te enojaste con el perro! –le corté.
-No es para menos. -Se incorporó un poco, se limpió la nariz y me confesó muy lánguida.
-Estaba terminando de cocinar y se me ocurrió entonar algunos compases de la Marsellesa...
-¿Y?
-¡Y me largó un tremendo ladrido, este asqueroso!
-¡Loado sea el Señor! ¡Ladró, por fin!
- No seas estúpido, Pedro –me cortó furiosa-. ¡No te parece que es un agravio que este perro maricón se mofe de mí?
No sé cómo pude aguantar la risa. Almorcé como un franciscano, deglutiendo parsimoniosamente las papas hervidas, mientras reflexionaba sobre la intemperancia tragicómica de mi mujer. Gracias a Dios terminé el almuerzo sin que se hubiese armado la de San Quintín, como con frecuencia se armaba.
Fui a trabajar con el ánimo liberado, con una sonrisa insinuada dentro del pecho, porque al fin y al cabo, al susto lo troqué por un chiste. Durante la tarde pensé en cómo podía hacerle partícipe a Américo de este formidable acontecimiento inesperado. “Invito a mi mujer a visitar a Américo en su casa” – me dije- Le llevaríamos la nueva de su ovejero alemán y de paso conoceríamos su nueva casa. Armé pacientemente toda una estrategia mental para no descalabrar el ánimo de mi mujer ofendida cuando le comunicara mi proyecto.
Sonó la bocina de salida y llegué a casa como perro con la cola entre las patas, zorreando, a la espera de enfrentarme con el cuadro de la Dolorosa.
-Sabés –me dijo mi mujer no bien me vio-. Tenés razón: lo más importante es que haya ladrado Pepito. Al fin y al cabo no debo poner el acento en esa estupidez: él no tiene cultivado el gusto estético.
-¡Qué alegría! –exclamé con toda la voz que tengo- ¿Por qué no nos vamos a la casa de Américo a darle la noticia? –largué en seguida aprovechando la virazón del viento norte.
Mi mujer acababa de experimentar uno de sus repentinismos catastróficos de humor: mi adorable mujercita no me sorprendió pero me evitó el penoso proceso del convencimiento. Me descolocaba, sin embargo…
-¡Un momento! –gritó de pronto. Me puso su mano sobre el pecho impidiéndome continuar-. ¡Que no se le ocurra, ahora, a tu amigo, querer cambiar este precioso ovejero por El Tigre, ese ordinario! -Y me sacudió su dedo índice en la cara-. No se lo permitas, no se te ocurra. Ahora Pepito es nuestro.
-Que ni lo piense -le dije categórico-. Por otra parte, Américo ha de estar loco de la vida con él. Ha de ladrarle hasta por los codos y estará chocho con el ladrido de ese ordinario.
Apresuradamente tomamos unos mates y nos fuimos a la parada del ómnibus. Dentro del coche seguimos haciendo cálculos sobre la alegría que le causaría la noticia. En fin, -pensé- cada uno de nosotros tendríamos un perro: útil para nosotros, ladrador para él.
A la postre, su inversión no fue un fracaso ni cosa que se le parezca; hicimos solamente un cambio de raza: él tenía nuestro perro ladrador y nosotros el suyo, que, por fortuna carecía de oído cultivado y le ladró a mi mujer cuando pretendió entonar la Marsellesa. ¡Qué embromar! Y, sí, claro, El Tigre es un señor guardián.
Llegamos a la casa entre dos luces. Una hermosa casa de dos plantas, toda blanca, almenada como los castillos medievales, con un amplio jardín al frente, una fuente murmuradora y demás chiches.
Toqué timbre discretamente. Esperamos. Insistí. Esta vez me afirmé largo y profundo sobre el botón. El amigo tenía que encontrarse en su casa: los jueves no daba clases en el liceo.
Al cabo de un instante oímos ruido dentro y la puerta de calle comenzó a abrirse, perezosa y rezongona.
-Somos los amigos de Américo, los que le cambiamos el perro…
-¡Ah, sí, mucho gusto. Américo me ha hablado de ustedes, viejos y buenos amigos … Pero pasen, siéntense.
-¿Está el amigo? -le pregunté, para no estirar demasiado el preámbulo.
-Claro, sí, está; está allí arriba, en su escritorio. Un momento, voy a llamarlo.
-¿No está ocupado…?
-No, no… Lo llamo. ¡Américo querido! Tenés visitas. Bajá –lo llamó con un tono de entrecasa–. Está un poco disgustado, ¿saben?
Nos miramos con mi mujer, conjeturando algún lío de pareja. Mantuvimos silencio por un momento. Cuando oímos sus pasos nos paramos.
-¡Hola, Américo! ¿Qué tal. Como anda?
Su aspecto no delataba un buen estado anímico. No era el amigo animoso, enérgico y dicharachero.
-Buenas –pronunció. Casi no lo oímos.
Nos miramos.
-¿Pasa algo, Américo?
-Sí, una desgracia, una verdadera desgracia me acaba de suceder.
Con la mirada al piso, su voz de bajo sonaba ahora como una nota rota.
- Una calamidad… Acaba de suicidarse… - dijo al fin.
-¿Quién?
-El Tigre. Un acto de valentía…-Y volvió a inmutarse.
-A ver, a ver: cuente, cuente cómo fue la cosa.
-No tengo fuerzas, no puedo… -dijo, y se retiró a su escritorio como derrotado.
Miré perplejo a mi mujer, en el mismo momento que ella lo hacía para interrogarme.
-Pero, ¡diablos! ¿Cómo pudo suceder semejante cosa?
La señora, también contrita por solidaridad, nos miró, a la vez que se nos aproximó, y nos dijo: -No se imaginan el golpe que está soportando…
-¿Sí? Cuéntenos por favor. ¿Cómo pasó todo?.
-Hace apenas dos horas, el cartero llamó. El Tigre que siempre estaba alerta, al escuchar el timbre, desde su lugar, en un ángulo de la azotea, emprendió la carrera hacia la puerta y no se dio cuenta que estaba en un segundo piso, a veinte metros de altura. No se detuvo ante el murito y siguió la carrera… Flotó en el aire, y cayó, entero, sobre la fuente de cemento. ¡Pobrecito! Se hizo una plasta. Cuando llegamos al lugar del accidente, el cartero, no salía de su asombro; sólo vio pasar arriba suyo un perro volador. El hombre nos miraba interrogante, estupefacto. Tal vez pensando que hubiésemos sido nosotros los culpables del suceso. Américo quedó mudo y yo otro tanto, al verlo hecho pomada. Pero el cartero se encolerizó y comenzó a gritar como un energúmeno: -¡Perro de mierda! Si me hubiera aplastado, a ustedes los demando por inconscientes! ¡Qué se piensan!
-¡Cuánto lo lamentamos, señora! –Veíamos su congoja-. Los acompañamos en el sentimiento. Un perro que se quiere y es tan útil.
-Gracias, muchas gracias –nos dijo, enjugándose una lágrima-. Américo, cuando se repuso del impacto, -siguió la señora-, pensó en comunicarles la ingrata noticia. En realidad es un drama entre amigos.
-No quisiéramos estar en vuestro caso, señora…
-Por favor no me diga señora. Llámeme por mi nombre familiar: “Pepita”
-Bien, si, claro, Pepita. Me pareció inoportuno decirle que a su ovejero alemán lo habíamos bautizado Pepito.
-Nos imaginamos el dolor -seguí tragando saliva-; bueno, nosotros, sin prever el suceso, veníamos con otra noticia algo distinta.
-Díganmela, por favor -.
-Pepito. -(Ahora sí venía bien decirle el nuevo nombre) -. Pepito comenzó a ladrar, Pepita; sí, ladra igual que El Tigre.
-Ladraba. Ahora ya no… -su voz se entrecortó después de un ahogado gemido.
-Tenga resignación Pepita. Transmítale a Américo nuestro pesar profundo.
-Gracias, muchas gracias, queridos amigos. No esperaba otra cosa de ustedes. Pero, escúchenme bien. Estoy pensado…
-¡Ah, no! –cortó mi mujer-. ¡Vendérselo, no! ¡Ahora no! ¡Es nuestro..! ¡Pepito es nuestro!
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